miércoles, 2 de junio de 2010

Crisis del Racionalismo

Después de Kant descubrimos las íntimas contradicciones del racionalismo. Y sus optimistas pero arbitrarias soluciones. Los racionalistas superaban toda oposición de la manera más fácil: suprimiendo uno de los términos. Entre las ideas y las cosas el racionalista sacrifica las cosas; entre el ser y no ser el racionalista afirma el ser; entre lo cuantitativo y lo cualitativo el racionalista prefiere lo cuantitativo, expresable en números. Ahora vemos que el racionalismo era algo artificial: una isla fundada sobre un volcán. Sólo su infecundo optimismo les permitía a los racionalistas vivir felices y no ver el volcán. Ahora descubrimos hasta que punto el racionalismo había infectado el pensamiento moderno. Por eso no es extraño decir que el empirismo se suicido por exceso de racionalidad, aunque el racionalismo y empirismo resulten de movimientos intelectuales opuestos. Por que mientras el racionalismo es un ir hacia supuestos trasmundos, un ir mas allá de las cosas, el empirismo en cambio pone un mundo intermediario entre las cosas y la inteligencia misma: el mundo impalpable de las sensaciones. Y mientras el racionalista lleva toda su atención hacia lejanas e invisibles realidades, el empirista las fija en las sensaciones, sin reparar que esas sensaciones son productos de la partición intelectual. Y en el análisis de la sensibilidad los empiristas llegaron a una partición tan minuciosa como la que en otro sentido hacían los filósofos experimentales: mientras estos suponían las cosas compuestas de átomos hipotéticos, aquellos lo consideraron conjuntos arbitrarios de sensaciones que no eran menos hipotéticas. De tal modo, que los últimos empiristas, en quienes la experiencia de fácil e ingenuo instrumento se ha convertido en motivo de tragedia, negaban la posibilidad de conocer algo más que sensaciones, algo más allá de las sensaciones. Es como si a fuerza de mirar el cielo acabásemos por no ver las estrellas, como si el cielo se nos hubiera vuelto opaco a fuerza de mirarlo. Pero la esencia del cielo es la transparencia. Y la de la sensibilidad debía serlo también. Del mismo modo que los racionalistas llegaron al absurdo, en su entusiasmo por las ideas, los empiristas llegaron al escepticismo, también absurdo, en su entusiasmo por las sensaciones: fue una filosofía de la niebla. Hoy nos resulta la mas trágica de las traiciones de la inteligencia: mas que una traición, una venganza.

El racionalismo era un sutilismo escamoteo de problemas, uno no querer ver problemas. Y la ciencia moderna se nos presenta como la mayor de las falsificaciones racionalistas. Transporta al mundo de las cosas leyes que solo pertenecen al pensamiento. Y lo concibe todo realizándose según las leyes. Hasta el hecho casual de que una manzana caiga de árbol, y de que caiga y no vuele, lo concibe como metido dentro de una ley universal y necesaria. Cuando algo le molesta y no entra en sus esquemas opta por el fácil camino de la supresión. Falsifica el mundo dándole una rigidez que no tiene y lo mutila por hacerlo perfecto, exacto en su falsedad. A fuerza de falsificarlo y mutilarlo acaba por evaporársele en sus mallas matemáticas. Por eso la ciencia moderna no nos presenta el mundo, rico en cualidades, sino el fantasma matemático de ese mundo. Con la reilación causal de dos hechos incomprensibles, los hombres de la ciencia creen haber construido un sistema comprensible: con dos enigmas negros forman una blanca solución, dice burlonamente Chesterton. Los hombres de ciencia no descubren que la única relación real y necesaria entre dos hechos es una pura relación intelectual, real y necesaria solo dentro de los límites de la inteligencia. Y éstas no son protestas mías, sino de sutilismo Hume, la victima mas honorable de la traición de la inteligencia.

Hoy presenciamos una curiosa y paradójica disputa en el campo de la filosofía. Una de las mejores criticas contemporáneas a la inteligencia se reduce a una replica al cruel Zenón. Se enfrentan así dos posiciones irreducibles: por una parte, Zenón, dejando caer su irónica espada del lado racional; por otra parte, sus críticos indignados e implacables, acusando a la razón por no poder comprender el movimiento. Zenón consideraba el movimiento como compuesto de partes, lo que es no concebir el movimiento, siempre uno, siempre continuo. Se descubre, así, una de las limitaciones de la inteligencia: no puede conocer sino por el análisis, dividiendo, sin derecho, la realidad que se le presenta como una. La división intelectual provoca toda clase de contradicciones. Newton, por ejemplo, habla concebido, llevado por el mismo impulso de Zenón, un mundo hecho de puntos e instantes. Se decidió, de ese modo, por la discontinuidad. Pero, aceptar la discontinuidad era aceptar una misteriosa acción a distancia. Entonces, el éter, materia de propiedades contradictorias, absurda creación metafísica, vino a llenar, de un modo que solo los ingenuos creyeron definitivo, los espacios vacíos dejados por la discontinuidad. Durante mucho tiempo la disputa estuvo escondida, pero, ahora, estallan en la física toda clase de polémicas entre los partidarios de la continuidad y los partidarios de la discontinuidad: dos posiciones trágicamente irreconciliables mientras no se las toma como simples ilusiones del pensamiento.

De la crítica kantiana resulta que la necesidad y la universalidad que los racionalistas pretendían haber alcanzado no eran ni tan universales, ni tan necesarias. Por una pura ficción de la inteligencia, los racionalistas proyectaban en el mundo de las cosas una universalidad y una necesidad que hubieran debido reservar para exclusivo uso lógico. Pero, los racionalistas aseguraban, también, otras bondades: un conocimiento absoluto de que las cosas eran en si, libre de las falsificaciones que el conocimiento introduce todo punto de vista de esa independencia de todo punto de vista esta contagiada la cultura del siglo XVIII y el siglo XIX. El filósofo revolucionario del siglo XVIII proyectaba estados ideales, y en algunos casos revoluciones para imponerlos, pero siempre desde el gabinete, ajeno a la historia, por eso era revolucionario, ajeno a las limitaciones del que ve la historia desde la historia: la veía desde la razón. Y si de alguna manera iban a intervenir en la historia era para terminar y con su desorden estableciendo el imperio de la Razón. El hombre de la cultura del siglo XIX, perfecto, liberal, lo contempla todo como historia, pero desde fuera, sin complicarse con ella, desde su absoluto mirador, en actitud elegante. Pero ponerse fuera de la historia es ponerse en alguna parte y ver desde alguna parte; y por absoluto que sea un punto de vista es siempre un punto de vista. Los racionalistas querían prescindir de todo punto de vista: buscaban un conocimiento sub-specie eternitatis. Y la razón les aseguraba semejante conocimiento: como para los racionalistas el ser era idéntico al pensar, pensar era conocer la realidad desde adentro, sin perspectiva alguna. Pero al quebrarse el máximo supuesto del racionalismo, pensar, fue una manera muy particular de conocer, una manera relativa, por lo tanto; la inteligencia se nos aparece entonces como es, un ponerse fuera, un ver desde afuera, un conocer desde afuera, en vuelos grandes y redondos.

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